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Sana tus heridas emocionales familiares

Cuando somos niños e incluso adolescentes, no somos conscientes de lo que pueden marcarnos determinadas experiencias.

No tienen por qué ser situaciones dramáticas y extraordinarias, como guerras, bombardeos o catástrofes naturales. En este caso, es normal que forme parte de la historia de la persona y que sea consciente de ello. Hay otras que, quizás, no sean tan grandes, pero que pueden acompañarnos por mucho tiempo si no las analizamos y las sanamos.

En la vida adulta hay decenas de heridas que llevamos encima sin darnos cuenta.

Puede ser que nunca nos hayamos parado a analizar el tipo de relación que tenían nuestros familiares con nosotros, cuáles eran sus actitudes para con nosotros o cómo eran nuestras relaciones en el colegio y qué conexión teníamos con nuestro mundo interno.

Antes era mucho más complicado que las personas, cuando se convertían en padres, tuvieran algo de conocimiento sobre inteligencia emocional. Actuaban repitiendo patrones o intentando mejorar la actitud que ellos vieron en sus padres (esto sigue siendo así).

Era muy fácil que cometieran errores en las relaciones con los hijos.

En general, no se les daba demasiada importancia a los problemas de los niños, ni sus preocupaciones. No se les escuchaba demasiado y era muy importante «quedar bien» ante las visitas.

Incluso a veces, se les colocaba en un papel que no les correspondía.

Podía ser adoptando el papel de uno de los progenitores, normalmente el del padre, que pasaba tiempo trabajando fuera de casa, o de hermano mayor, aunque no fuera su lugar.

Aunque no parezca de gran importancia a priori, son pequeñas heridas, que si se repiten en el niño, van calando en el alma.

En la vida adulta, si no se profundiza en uno mismo y se trabaja en ello, estas heridas pueden reflejarse en forma de inseguridades, necesidad de control, desconocimiento de uno mismo, desvalorización de los sentimientos, dependencia, falta de entusiasmo, superficialidad y materialismo, miedos o depresión.

Sé que hay momentos en los que es fácil sentir rabia. Pero lo que oculta esa sensación es una profunda culpabilidad. Lo que debemos hacer es tratar de sanar ese tipo de heridas.

Tu prioridad debe ser en todo momento, mantener tu paz interior.

¿Qué cómo lo consigues? Perdonando y aceptando. (Lo sé, a veces cuesta)

Hace unos días encontré un ejercicio que puede ayudarte con este tema. Lo tienes a continuación:

-Busca un lugar tranquilo y cómodo donde poder relajarte en un momento en el que no te interrumpan ni molesten.

-Cierra los ojos y visualiza en la pantalla de tu imaginación una habitación pintada y decorada a tu gusto con asientos cómodos situados en círculo, o de la forma que consideres más funcional para conversar.Sitúate en uno de ellos y pon atención a lo que estás sintiendo.

-Recibe a tu padre y a tu madre (estén vivos o no) e invítalos a tomar asiento. Si consideras que hay otros miembros del árbol familiar que deban acudir al encuentro, hazlos aparecer en la escena.

-Agradéceles haber acudido al encuentro y diles que les convocaste para devolverles lo que no es tuyo y les pertenece.Visualiza una cesta con paquetes. Esos paquetes los cargas en el regazo y se los vas entregando uno a uno. (Modifica si quieres la forma en que les entregas lo que no te pertenece)

-Diles en el momento de la entrega:

«Les devuelvo la responsabilidad de vuestra felicidad. De pequeño me creí poderoso, pensando que siendo de alguna forma o haciendo tal o cual cosa serían más felices. Ahora sé que no depende de mí. Que es responsabilidad de ustedes.

Les devuelvo el poder de sanar sus heridas. De adulto entendí que nadie se sana si no es por un trabajo personal profundo.

Les devuelvo las creencias limitantes que pusieron freno a su evolución. Yo me quedo con el permiso a desarrollarme plenamente en mis relaciones, mi profesión, mi prosperidad económica y creativa.

Les devuelvo las armaduras que pusieron sobre mi corazón para protegerlo de heridas, pero que también me han impedido dar y recibir todo el amor que yo y los que me rodean hoy nos merecemos.

Les devuelvo sus miedos, sus fobias, sus proyectos frustrados, sus monstruos y fantasmas.

Hagan con todo esto lo que quieran, quizás lo devuelvan a sus ancestros, quizás los arrojen al fuego, ahora les pertenece.»

Termina el ejercicio volviendo a agradecerles su presencia a todos los asistentes y sobre todo, haber servido de canal para tu llegada al mundo.
Observa cómo se llevan todo lo que les devolviste y se van marchando. Imprégnate de una agradable sensación de ligereza y liberación.
Abre los ojos y estira tus músculos antes de levantarte y sigue con tu día.

Espero que les haya servido y que utilicen este tipo de técnicas, así como la meditación o las constelaciones familiares o tantas otras para sanar heridas que permanezcan en el presente.

Si te apetece leer más sobre este tema te recomiendo estos dos libros:

¡Libérate de las cargas del pasado! 😉

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